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Moustafa #DesplazamientosApatridas

Su abuelo, originario de Akka, huyó de la ocupación israelí a Alepo, Siria, donde la Organización de Naciones Unidas estaba atendiendo a personas refugiadas de Palestina en el campo de Neirab, actualmente gestionado por la Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA). Lo que inicialmente iba a ser un campo temporal formado por tiendas de campaña, se convirtió con los años de conflicto en una ciudad desarrollada, en un hogar estable para miles de personas, como los padres de Moustafa, que nacieron allí y formaron su familia.

Moustafa, como su familia, dispone de un documento de identidad para personas palestinas expedido por el gobierno sirio, que le permite residir en el país y gozar de algunos derechos en igualdad de condiciones a los nacionales. “Con este documento puedo acceder a los servicios de salud, acudir a la escuela, trabajar y viajar por Siria, pero no tengo derechos políticos”, explica.

Este “documento de viaje para personas refugiadas palestinas”, de formato precedido a un pasaporte, no es aceptado para el trámite de visados en una gran mayoría de países, limitando considerablemente la libertad de movimiento de las personas palestinas en esta situación. En él se indica que la nacionalidad es palestina, pero la situación de ocupación del territorio por parte de Israel y el no reconocimiento de Palestina como Estado por la comunidad internacional, conlleva a que Moustafa, como muchas otras personas, sea apátrida, siguiendo la definición establecida en la Convención sobre el Estatuto de los Apátridas, de 1954.

A pesar de haber nacido en territorio sirio, tampoco tiene derecho a acceder a procedimientos de naturalización y adquisición de la nacionalidad siria, de los cuales quedan excluidas las personas refugiadas palestinas en base al Protocolo para el Tratamiento de los Palestinos en los Estados Árabes (“Protocolo de Casablanca”) de la Liga de los Estados Árabes. “Los y las palestinas no queremos cambiar eso, porque queremos poder volver algún día a nuestro país. Hemos tenido que irnos, para buscar una vida mejor, pero siempre pensamos en Palestina”.

A los 18 años, al acabar el bachillerato, Moustafa pudo obtener un visado de estudiante para iniciar sus estudios universitarios en Argelia. De las pocas opciones que tenía disponibles, eligió realizar la carrera de actor y, posteriormente, un máster en crítica teatral. Su visado de estudiante no permitía la posibilidad de trabajar y solamente tenía validez durante el curso académico. Su condición de persona refugiada palestina de Siria tampoco le permitía iniciar un procedimiento de regularización o adquisición de ciudadanía en Argelia. A pesar de la complicada situación y limitaciones existentes, al acabar sus estudios, Moustafa decide quedarse y probar suerte, pero pocos meses después es arrestado y pasa 20 días en prisión. “La policía argelina me dijo que me detenía porque no tenía papeles, y que debía volver a mi país. Si no abandonaba Argelia en la mayor brevedad posible, podría ser sentenciado a una pena mayor”, explica.

La situación en Siria en ese momento, a principios del año 2020, seguía sin permitir plantearse volver, por lo que Moustafa decide ir a Nador, Marruecos, aconsejado por conocidos y familiares. Allí conoce a una persona en su misma situación, palestina de Siria, quien le ayuda con la vivienda y asesora sobre una posible entrada a España donde Moustafa podría solicitar protección internacional. No obstante, Moustafa se encuentra con unas fronteras cerradas a causa de la pandemia del COVID-19.

En sus numerosos intentos de acceso al puesto fronterizo de Melilla, Moustafa es siempre devuelto a Marruecos, sin ser informado sobre su derecho de solicitar protección internacional. Viendo que la entrada por la frontera terrestre se convierte en un objetivo cada vez más complicado, Moustafa ahorra dinero y se compra un equipamiento de buceo profesional, con el que intentará llegar a nado a las costas españolas. “Lo intenté muchas veces. La policía española me recogía del agua, me acercaba a las costas marroquíes y me volvía a tirar al mar, para que me recogiera la policía marroquí. Hasta que un día lo conseguí, después de siete horas nadando”.

Durante 2 meses es acogido en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla, a la espera de una plaza en el Sistema de Acogida de Protección Internacional, pero debido a la situación insostenible e insalubre Moustafa decide irse por su cuenta a la Península. “No quería quedarme en Melilla, porque aquello es la miseria”, recuerda. Pasa los siguientes meses en situación de calle, con dificultades para conciliar el sueño debido a la tensión y angustia que sufría por la situación. Los constantes robos y violencia a los que se veía expuesto le obligan a pedir ayuda a su hermano para poder reunirse con él y sus tíos en Alemania.

Allí decide volver a solicitar protección internacional, aunque sabe que hay una probabilidad alta de que se lo denieguen. “Durante siete meses me acogen en un centro para personas solicitantes, donde aprendo alemán. Y por primera vez, después de muchos años encontrándome solo, estoy arropado por mi familia”. Pero su deseo de estabilizarse en Alemania se ve frustrado cuando le llega la resolución desfavorable de su solicitud de asilo y la aplicación de los principios previstos en el Reglamento de Dublín, bajo los cuales debe regresar al primer país de la Unión Europea donde fue registrado y donde realizó una primera solicitud de protección internacional. “La siguiente semana, durante la noche, vinieron unos policías a mi casa”, explica. “Me realizaron una prueba de detección del COVID-19 y me preguntaron si sabía por qué estaban allí. Por supuesto que sabía por qué. Era para llevarme de vuelta a España.”

De vuelta en España se volvió a abrir su expediente de asilo. “Lugar de nacimiento: Siria. Nacionalidad: Palestina” dicta el documento de identificación de solicitante de protección internacional que le entregaron al llegar. “Si hubieran aceptado mi caso en Alemania, pondría que no tengo nacionalidad”. Y es que cada Estado Miembro ha ido implementando diferentes enfoques, sin reconocer a las personas palestinas como apátridas. Por ello es necesario que se introduzcan procedimientos armonizados que garanticen su protección, como se indica en el informe “Personas Palestinas y la Búsqueda de Protección como Refugiadas y Apátridas” publicado este año por la Red Europea sobre Apatridia (ENS) y el Centro de Recursos para la Residencia Palestina y los Derechos de los Refugiados (BADIL).

Moustafa conoce otros casos de personas sin país, pero no está muy familiarizado con el término apátrida. Tampoco conoce, ni ha sido informado, sobre el procedimiento de reconocimiento de la apatridia que existe en España, hasta que entra en contacto con la ENS. “No sé qué pasará conmigo”, comenta preocupado. “Si España considera que volver a Siria es seguro, tal vez denieguen mi solicitud de protección internacional. Pero no tengo ningún motivo por el cual volver a Siria. Mi país es Palestina. Al mismo tiempo siento también que no tengo país, porque no puedo volver. Nunca he podido pisar mi tierra”.

Pocas semanas después de nuestro primer encuentro, Moustafa recibía la resolución favorable de su solicitud de asilo, concediéndole protección subsidiaria. Una protección que se le ha dado a la mayoría de las personas nacionales sirias que han llegado a la Unión Europea en los últimos años. Esta nueva situación administrativa, lejos de reflejar realmente su situación, le ofrece una serie de derechos que hasta el momento le eran negados o limitados. Su nuevo documento de identidad indica que es palestino, por lo que se pregunta si es correcto que le hayan dado el mismo estatuto que a las personas sirias. La historia de desplazamiento de Moustafa es solo un ejemplo más de la búsqueda de muchas personas palestinas de su protección como refugiadas y apátridas.

Durante nuestras conversaciones, “libertad” es la palabra que más utiliza Moustafa. Libertad para moverse, libertad para vivir una vida digna, libertad para reunirse con su familia. Y ahora también libertad para disfrutar de sus derechos, y libertad para seguir luchando por los derechos de su familia y su país.

"Mi país es Palestina. Al mismo tiempo siento también que no tengo país, porque no puedo volver. Nunca he podido pisar mi tierra."
Created By
Chris Nash
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